Cada vez que en la peluquería de
mamá veo esparcidos por el suelo los restos de una melena recién cortada me acuerdo
de ella, de Clara. Y recordarla despierta en mí siempre el mismo impulso: el de
hacer revisión de mi vida como si me hallara a las puertas de mis últimos pasos
en este mundo. En mi vida, el recuerdo de Clara invariablemente ha estado
ligado con mi miedo a no ser capaz de vivir como quiero vivir, a no ser dueña
de mis tiempos, de mis idas y venidas.
Desde
pequeña me ha gustado imaginar la vida de las personas que entraban en la peluquería de mamá. Sus
conversaciones, sus expresiones, sus formas de dejarse manejar el pelo, de
hojear la revista, de mirarse al espejo… todos aquellos gestos eran como piezas
de un puzle que en mi mente ayudaban a construir cada una de sus historias
vitales. Así he llegado a la conclusión de que existen sólo dos maneras de
vivir: una es la de esos que viven la vida dejando pasar los días sin la
ambición de innovar, siguiendo las pautas escritas, los caminos lógicos, las
rutas ya andadas por otros. La otra manera es la de los que ven la vida como si
ésta fuera un precioso barro que espera ser moldeado por su dueño, a veces
desafiando las reglas, a veces reinventando formas y maneras, otras veces
deshaciendo lo hecho para volver a empezar. Oyendo las historias que mi madre
me contaba sobre Clara aprendí a ser como los de este segundo grupo, aunque
ella en realidad terminó siendo como los del primero. A veces, nadar
contracorriente puede llegar a cansar tanto que uno termina por dejarse llevar
por la marea. Y eso fue lo que le pasó a Clara.
Desde
su nacimiento, Clara venía anunciando que iba a ser diferente. Nació por
cesárea porque, según los médicos, se había quedado enredada en el cordón
umbilical de alguna manera que no lograban comprender.
-
A lo mejor lo tiene liado al cuello y por
eso resulta tan complicado sacarla.
-
O lo tiene agarrado con las manos, no
sería la primera vez que un bebé se agarra al cordón umbilical.
-
O con los pies. ¿Usted ha sufrido alguna
caída o algún golpe que haya podido propiciar esto?
La
madre de Clara negó con la cabeza, poniendo cara de pasmo, tanto por el susto
de tener tantos médicos alrededor como por no entender ni una palabra de lo que
le decían. Propiciar, cordón umbilical, cesárea… aquellas eran palabras que
quedaban muy muy lejos de su limitado vocabulario.
-
Ay, doctores, ¿qué le pasa a mi bebé?
-
Nada de lo que usted se tenga que
preocupar, doña Oliva. Pronto estará dándole el pecho a su pequeña, ya verá.
-
Ah, ¿pero es una niña?
Hicieron
falta tres médicos para asistir en el parto de Clara, porque aquello no fue un
simple problema entre el cordón umbilical y la niña. Mientras todos los bebés
nacen con poco pelo, apenas una pelusa, Clara venía con una larga y abundante
melena oscura que se había quedado enredada en las entrañas de su madre. Cuando
los médicos abrieron el vientre de doña Oliva sólo acertaron a ver pelo y
sangre. Tan desagradable fue la imagen que una enfermera se desmayó y hubo que
sacarla del quirófano entre dos, pues la señora era bastante corpulenta. Y habrían
habido más desfallecimientos por la visión de aquella estampa tan surrealista
si el jefe de cirugía no hubiese metido la mano y, tras apartar tanto pelo,
descubriera la preciosa cara de Clara, fina y recortadita, con las pestañas
largas, la boca pequeña y una expresión serena, como de encontrarse en un
plácido sueño. La sacaron, la limpiaron y le dieron las palmaditas de rigor, a
las que Clara respondió con un llanto bajito, como si no quisiera molestar a
nadie con su llegada al mundo. Luego la peinaron, le colocaron un lazo rosa a
modo de diadema y se la llevaron a su madre, que, acariciando aquella mata de
pelo negro, no dejaba de besarle la frente.
-
Mi niña peluda…con razón tenía yo esos
picores por dentro del vientre – dijo, entre lágrimas.
A
Clara no se le llegó a caer el pelo como sí le suele ocurrir al resto de los
bebés. Su pelo se mantuvo firme y fuerte, creciendo con ganas y rapidez para
asombro de todos. Apenas tres meses después de haber nacido, la abuela de Clara
sugirió que se lo cortaran para el bautizo, ya que creía que el cura se
asustaría al verla:
-
Dirá que tanta melena es cosa del demonio.
No querrá bautizarla, y ya se sabe que los niños que no reciben el bautismo se
quedan sin ángel de la guarda.
-
Clara ha nacido así y así se bautizará-
sentenció doña Oliva.
-
Pues ya verás la cara que va a poner el
cura, ya verás.
Efectivamente,
el cura se llevó un susto de muerte cuando la madre de Clara le quitó el
gorrito blanco que cubría su cabeza y dejó a la vista una cabellera demasiado
larga y ondulada para una niña que no tenía aún los cien días de vida. Entre el
tembleque que le entró al anciano sacerdote y la espesura de aquella melena, el
agua bendita no llegó a traspasar el pelo y tocar el cráneo de Clara, y nadie
tuvo claro nunca si había sido realmente bautizada, así que la abuela vivió
siempre con la certeza de que Clara era huérfana de ángel de la guarda.
Esta
teoría de que Clara carecía de ángel de la guarda encontró sus justificaciones
en la extravagancia de Clara, que fue creciendo a la par que crecían sus ondas.
Fue la niña más rara y con el pelo más largo de todo el colegio. Todos los niños la observaban siempre
de lejos. Nunca se metían con ella y procuraban no mezclarse en su camino. Y es
que no podía ser normal una niña que se pasaba la hora del recreo leyendo en
vez de jugar al cordel o al pilla-pilla. Los niños se sentían intimidados por
aquella chiquilla que les recordaba más a una maestra que a una compañera de
clase, porque Clara sabía perfectamente diferenciar las preposiciones de los adverbios,
podía encontrar mil palabras distintas para describir la misma cosa, nunca
sacaba faltas de ortografía en los dictados y hacía redacciones de más de dos
folios en sólo diez minutos.
Cuando alcanzó la adolescencia, a Clara
ya le llegaba el pelo por la rabadilla, y eso que le habían dado algunos pequeños
recortes para aligerarlo. Pero ese pelo, cuanto más se lo cortaban, más rápido le
brotaba. A ella le gustaba sentirse envuelta por aquella capa de cabello que
muchas veces le ayudaba a ocultarse de los que la miraban raro, y es que ese
halo de misterio que siempre la envolvía iba creciendo a la par que su pelo. Clara
no era una adolescente loca por los chicos, las fiestas y la moda. Ella
prefería el silencio de las bibliotecas y las historias que salían de los
libros.
-
Esta
niña, a este paso, nunca se va a casar. Se va a quedar para vestir santos con
tanto libro – rajaba la abuela en la cocina durante los ratos de costura que
echaba junto a doña Oliva.
-
Déjala,
mamá. Con las tonterías que se hacen a esa edad casi la prefiero así.
-
Pero,
hija, si apenas tiene amigos. Y eso no es bueno.
Doña Oliva paraba de coser y de reojo miraba
a Clara, sentada en su sillón de lectura en el salón, bajo la luz de aquella
lámpara que parecía ser la única estrella de ese universo de libros en que
Clara se sumergía mientras se enroscaba un mechón de su pelo en el dedo índice,
como siempre hacía cuando ponía en marcha su imaginación.
-
Bueno,
sola, sola no está- murmuraba doña Oliva, mientras la observaba de lejos.
-
Pero,
¿no ves que no sale por ahí?
-
Eso
no significa que no tenga amigas. Y vamos a dejar aquí la conversación, por
favor, mamá, que tienes el don de ponerme el cuerpo malo.
Las protestas de la abuela fueron
mayores cuando Clara superó la adolescencia y llegó el momento de escoger con
qué oficio ganarse la vida. Mientras las demás iban haciéndose enfermeras,
maestras, abogadas o dependientas en tiendas de modas, y se iban casando y
teniendo hijos, Clara sólo pensaba en escribir. La pasión por la lectura había engendrado
en Clara la vocación por escribir, y mientras peinaba su larguísima melena, que
ya colgaba algo más abajo de la cintura, soñaba con mil historias que contar.
Porque Clara leía cuentos en donde los demás sólo veían lo cotidiano de la vida:
en la señora que esperaba todos los días el autobús sola en el mismo sitio y a
la misma hora; en la librería de la esquina y su anciano dueño, que cambiaba cada
semana todos los libros del escaparate menos uno, “Olvidado Rey Gudú”, que
dejaba siempre en el mismo lugar; en el remolino de hojas que cada tarde se
formaba frente a la ventana de su habitación; en el bolígrafo que se quedaba
sin tinta antes de acabar el cuento que escribía…
Convencida de que su destino era
escribir todas las historias que bullían bajo las raíces de su melena, cada
mañana Clara se cepillaba el pelo, se lo liaba en un esplendoroso moño y salía
a la calle a pelear por sus cuentos. Los presentaba a periódicos, a certámenes,
a editoriales... Algunas veces los vendía en el metro, o los recitaba en la
puerta de algún colegio o los regalaba junto a las tazas de café que servía
tres tardes por semana en un céntrico bar. Los días que volvía a casa con la esperanza de
ser escritora por los suelos, se sentaba frente al espejo, se quitaba el moño y
se cepillaba el pelo con furia hasta terminar rendida. Pero es curioso cómo a
la esperanza le basta un leve chispazo para volverse a poner en pie como si no
hubiese pasado nada, y que Clara pudiera leer sus relatos en alguna librería de
vez en cuando frente a un público que mostraba curiosidad, o que algún concurso
literario le brindara un premio por una de sus historias, eran razones más que
suficientes para seguir soñando su sueño de escritora mientras cada noche
peinaba aquella larga mata de pelo negro de la que tantas ideas brotaban.
- Y escribir… ¿eso le va a dar de comer?-
protestaba la abuela.
- Eso es lo que quiere hacer, y no seré
yo quien le diga que no lo haga aunque no entienda nada de lo que escribe. Por
cierto, mamá, ¿tú por qué no me mandaste nunca a la escuela?
- Hija, hacía falta el dinero. Pero
volviendo al tema de Clara, esos pelos que lleva, tan largos y destartalados…podría
arreglárselos, no sé, cambiar un poco, recortárselos…Con ese moño en la
coronilla parece una bruja.
- Ya estamos.
- Pero si es que todas las chicas de su
edad ya están casadas o para casarse, y a Clara no se le ha acercado ningún
hombre aún.
Doña Oliva dio un fuerte suspiro y,
soltando con genio la costura que tenía entre manos, clavó los ojos en su madre
y le dijo:
- ¿Tú quieres a Clara, mamá?
- Por supuesto, hija, ¿no la voy a
querer? Si es mi nieta…
- Mira, mamá- habló doña Oliva, con el
dedo índice levantado enfundado en el dedal, lo cual daba más solemnidad a lo
que iba a decir, - desde el día en que Clara nació, con esa mata de pelo
greñoso, supe que no iba a ser una niña normal y entonces sentí que un pellizco
me apretaba el pecho. Sí, Clara es rara, es original, es distinta, y yo, que
soy la madre que la parió, jamás he logrado entenderla del todo. Pero Clarita
es así, y así hay que quererla, ¿de acuerdo?
- De acuerdo, hija, de acuerdo – dijo la
abuela, asustada porque nunca había visto a su hija hablar con semejante
rotundidad.
- Pues eso, ella es así, y así la hemos
de querer.
Doña Oliva bajó el dedo. También ella
se había asustado de sí misma, pero no por el tono empleado, sino por lo que
había dicho. <<Así la hemos de querer>>. Sabía lo que quería decir
pero no lo había dicho como le hubiera gustado haberlo hecho. De reojo miró hacia
sillón de lectura y suspiró aliviada al ver que Clara no estaba allí. Suspiró
otra vez y reanudó la costura, pero nunca supo que sí, que Clara estaba allí,
no en el sillón, sino detrás de la puerta, donde lo había escuchado todo.
<<Así la hemos de querer>>.
Ella no quería ser alguien a quien había que querer. Recordó los libros que en
el colegio le obligaban a leer y la pereza que le daba hacerlo por el simple
hecho de que había que leerlos.
Recordó también los concursos literarios en los que había que escribir sobre un tema en concreto, y cómo evitaba
participar en ellos porque escribir sin libertad le parecía el yugo más pesado
que uno podía imaginar. Así que ser una persona a la que había que querer debía ser como el
libro que hay que leer o el cuento
que hay que escribir: algo que uno termina esquivando.
Definitivamente, aquellas tres palabras
pronunciadas por su madre en esa fea tarde fueron el desencadenante de una
ruptura sin vuelta atrás para Clara. Así que un día tomó la decisión de su
vida: se cortó el pelo. Por ahí iban a empezar los cambios. Sin decir nada a
nadie se marchó a la peluquería del barrio, ese barrio que también la criticaba
mucho, y se lo cortó. La larga cabellera quedó reducida a un peinado de cuello
corto, patillas y flequillo largo. Aquello fue una revolución: todos alabaron
su acierto en el cambio de imagen, en especial la abuela:
- ¡Ahora sí que te va a salir novio,
Clarita!
Y Clarita suspiró como si se quitara un
peso de encima, que, de hecho, se lo quitaba: el peso del miedo a ser querida
por obligación, o a no ser querida, que casi viene a ser lo mismo.
A partir de ese momento, Clara recibió
llamadas de algunas chicas y chicos que preguntaban por ese cambio que a todos
había dejado boquiabiertos, e insistieron en quedar con ella para tomar un café,
ir al cine o simplemente pasear. Empezó a salir más, a ir de acá para allá, a
comprarse ropa, presumir, tontear… ¡hasta logró cazar marido, para satisfacción
de todos y alivio de su abuela! Clara, con su nuevo peinado y su nueva vida,
logró ser una chica como todas las demás. Ahora parecía que todos la querían de
forma espontánea, sin tener que hacer un esfuerzo para ello. Y aquello le
alivió el corazón, que tan magullado quedó con las palabras de su madre.
Pero el día en que Clara se cortó el pelo,
en el suelo de la peluquería no sólo quedaron un montón de cabellos huérfanos,
sino también miles de palabras, de sueños, de historias mágicas que nunca más
volvieron a aquella casa donde parecía que la normalidad había ganado a la
fantasía. Clara dejó de escribir, y dejó de leer también. Había roto consigo
misma. Sin embargo, de vez en cuando, se miraba al espejo y se pasaba la mano
por el pelo. Entonces cerraba los ojos y buscaba en ese puñado de cabellos
cortos lo que un día ella fue, una loca de los libros. También buscaba todas
aquellas historias que se quedaron sin escribir. Ya no estaban, habían sido
recortadas, borradas para siempre. Entonces suspiraba y se consolaba pensando que
era mejor así. Las historias merecen encontrar dueños que quieran escribirlas.
Yo también nací con el pelo largo. Mi
madre cuenta con sorna que, cuando me llevaron recién nacida junto a ella en el
hospital, me habían puesto una horquilla en el pelo que me dejaba los ojos al
descubierto. Dice que inmediatamente pensó en su prima Clara, y en ese momento
sintió el amor más generoso y fiel que una pueda imaginar. A mí no “había que
quererme”, me quería ya, sin más, no importaba los derroteros por los que la
vida me llevara.
Como Clara, yo también fui una especie
de bicho raro de pequeña. Adoraba los libros y la escritura, y aún los sigo
adorando. Los necesito tanto como respirar. De hecho yo creo que, más que aire,
respiro palabras. Las inhalo y luego las exhalo en el orden en que se me
antoja. Escribo porque es lo que soy, y no puedo ni quiero dejar de ser yo
misma, por muy difícil que eso resulte a veces.
Con respecto al pelo, el mío no creció
con la continuidad y la rotundidad con la que crecía el de la prima Clara. A
veces me lo he dejado largo. Luego, con el calor, me lo he cortado para después
volvérmelo a dejar crecer…Y con cada corte siempre temí cambiar como le pasó a
Clara, siempre temí que las palabras me abandonaran y yo no volviera a ser
aquello para lo que creo que nací. Pero nunca ha pasado nada de eso, quizá
porque mi sueño de ser escritora no habita en mi pelo sino en mi corazón, de donde
nadie me lo puede arrancar, ni siquiera yo misma.
Sentada en la peluquería de mi madre,
cuando veo a las señoras cortarse el cabello, siempre me pregunto por qué han
tomado esa decisión, si es que simplemente buscan un cambio de imagen, o un
cambio de vida, o un cambio en la imagen que los demás tienen de ellas. Y me
pregunto también si con cada corte esas mujeres se desprenden de algo más que
de sus pelos. Por eso mi madre y yo hemos decidido recogerlos y no tirarlos a la
basura. Los amontonamos en una enorme caja de plástico y, cuando ésta se llena,
los donamos a esos sitios donde hacen pelucas y postizos. Quizás esos pelos no
sirvieron para nada en las cabezas de aquellas mujeres que decidieron
desprenderse de ellos, pero en las de otras…quizás en las de otras mujeres pongan
los sueños que les hagan seguir adelante.